jueves, 17 de diciembre de 2020

SEGEDANOS

Parece inevitable que, cada cierto tiempo, resurja la polémica sobre el gentilicio segedano aplicado a los habitantes de Zafra.

Hace varios meses que nuestro alcalde nos comentaba el proyecto de la ONCE de sacar cupones con los gentilicios más curiosos y llamativos de España y su deseo de participar en dicho proyecto, por la publicidad que para nuestra ciudad podía suponer. Nos preguntó, como cronistas de la ciudad, si era propio de Zafra ese gentilicio. Nuestra respuesta fue rotunda: ¡por supuesto!

La polémica es vieja ya. Surge a partir de que el cura Vivas Tabero escribiese un artículo que tituló “Zafra no es Segeda”. Confundiendo, como ahora, el origen de la ciudad con el gentilicio e iniciando una porfía que aún se mantiene inexplicablemente. 

Parece cierto que, en el solar histórico de Zafra, no hay evidencia de ocupación urbana en época romana ni anterior; pero, desde que el humanista Rodrigo Caro considerase erróneamente que la Zafra actual era Segida o Segeda Restituta Iulia, la tradición y el consenso han mantenido el gentilicio de segedanos para referirse a los habitantes de Zafra y, como tal, está ampliamente difundido más allá de Extremadura. Seguramente, el gentilicio zafrense o zafreño sería el más correcto, pero segedano no solo no es impropio, sino que tiene una larga historia cimentada desde el Renacimiento. 

Un caso similar al nuestro es el de Badajoz. Incluso es más embarazoso, pues hoy está certificado que Pax Augusta es la vecina Beja (Portugal). Pero los badajocenses (¿a que suena raro?) siguen usando permanentemente el gentilicio pacense, tanto para referirse a los habitantes de la ciudad como a los de la provincia. Y nosotros, los provincianos, hacemos lo mismo. En el caso de Zafra, además, no hay ciudad actual que pudiera disputarle el gentilicio segedano.

Tampoco, creemos que tendríamos que rechazar el apelativo de “churretín”, si alguien sugiere o demuestra que se trató de un mote, que nos propinaron despectivamente alguno de los pueblos circunvecinos. Si fuese así, Zafra habría sabido darle la vuelta.

El gentilicio segedano, pues, está en la historia de Zafra y eso no se puede borrar, ni podemos ni debemos renunciar como valor patrimonial e histórico que es. Lo que no significa que sea un dogma de fe y, por lo tanto, su uso, como el de zafrense, zafreño o churretín, dependerá de cada cual, como hasta ahora viene ocurriendo. 

Por cierto, respecto a la arqueología de Zafra y su comarca, recomendamos la lectura del artículo de PAVÓN SOLDEVILA, Ignacio y DUQUE ESPINO, David Manuel: «Prehistoria y Antigüedad en la comarca de Zafra-Río Bodión. Medio natural y paisaje cultura», publicado en el número XIV (2018) de Cuadernos de Çafra, especialmente las págs. 77-83 en las que se habla precisamente de aspectos relacionados con el mundo romano en el término de Zafra.


domingo, 13 de diciembre de 2020

PRESENTACIÓN LIBRO

"Zafra en tiempos de la guerra de la Independencia"
de José María Moreno González, Cronista Oficial de la ciudad de Zafra.
 
Presentación virtual desde el Museo Santa Clara a cargo de José María Lama Hernández.
Sábado 19 de diciembre de 2020
12:30 h.

 
Para unirse a la reunión Zoom:
https://zoom.us/j/98104310168
ID de reunión: 981 0431 0168


 

martes, 12 de mayo de 2020

RUTAS PARA REENCONTRARNOS CON NUESTRA CIUDAD (II)

ZAFRA DUCAL
Un paseo por la villa de los Duques de Feria






Este paseo le ofrece la posibilidad de conocer Zafra tomando como eje las muestras artísticas que aún recuerdan su carácter de villa ducal y su vinculación con el linaje de los Suárez de Figueroa, el de la Casa ducal de Feria,  durante los siglos XV al XVII.

El paseo debe iniciarse por el Palacio Ducal, actual Parador de Turismo. El núcleo lo constituye el alcázar medieval, mandado construir por el primer Conde de Feria, Lorenzo II Suárez de Figueroa. Las obras comenzadas en 1437 fueron concluidas en 1443, y dieron como fruto una fábrica en la que se aunaban las funciones defensivas y residenciales.



Muy interesantes son las pinturas de la Cámara de la torre del Homenaje, y el techo holladero del salón principal bajo. En época del segundo conde se completó el edificio con las techumbres mudéjares de la Sala Dorada y de la capilla.
En torno a 1600, en tiempos ya del segundo duque, Lorenzo IV Suárez de Figueroa y Córdoba, el vetusto alcázar fue sometido a una profunda remodelación, que fue encomendada a Francisco de Montiel, Maestro Mayor de las obras ducales. Éste procedió a fabricar un patio clasicista de mármol, a elevar dos alas palaciegas con azoteas, a ambos lados de la puerta principal, y otras tantas galerías abiertas a un nuevo jardín, que complementaría a la añosa Huerta Honda como escenario de fiestas y juegos a imitación de la corte.

Enseguida, entre los años 1605 y 1609, se construyó un pasadizo que une el palacio con la iglesia conventual de Santa Marina, que se reedifica al tiempo. Las obras corrieron a cargo de maestros alarifes madrileños y de canteros extremeños, que siguieron las directrices de Juana Dormer, la aristócrata inglesa que fue primera duquesa de Feria.


Completaba el conjunto un patio de armas (hoy convertido en plaza pública), al que se accedía por la Puerta del Acebuche, que era la entrada principal del palacio en la época. La iglesia de Santa Marina conserva dos magníficas obras de artistas cortesanos madrileños: el retablo mayor y la escultura orante de Margarita Harrington, prima hermana de la duquesa, cuyo legado testamentario sirvió para financiar la fábrica de la iglesia.

Los Suárez de Figueroa tuvieron siempre predilección por el cercano Monasterio de Santa María del Valle, conocido popularmente como Convento de Santa Clara, por cuanto su iglesia era considerada como panteón del linaje.  Aunque fundado en 1428, la capilla mayor de la iglesia, no fue concluida hasta 1454. En ella se guardan las esculturas funerarias del joven Garci Laso de la Vega y de los primeros condes, Lorenzo II Suárez y María Manuel, obras relacionadas con Egas Cueman. En el retablo mayor, obra barroca de hacia 1670, se venera la imagen de alabastro de la titular del monasterio, obra de la primera mitad del siglo XV. En el lado de la epístola se halla la Capilla funeraria del segundo Duque de Feria, construida hacia 1616.


Aledaña, pero abierta a la nave, está la Capilla de las Reliquias, un diminuto espacio que guarda la espléndida colección de relicarios donados por el segundo Duque y su madre en 1603.

La clausura, que no puede visitarse, se articula en torno a un claustro del siglo XV, en cuyos muros se conservan algunas pinturas góticas. Fueron importantes las reformas del convento realizadas durante los siglos XVI y XVII, entre las que hay que contar la del coro y su sillería por ser visibles desde la iglesia. Las monjas conservan numerosos objetos de culto, la mayoría procedente de sucesivas donaciones ducales.

Ya en la Plaza Grande, podemos acercarnos al Hospital de Santiago, fundado en 1438 –tras iniciarse las obras del alcázar condal- en la que fuera primera residencia de los Feria en Zafra. Su portada muestra una pródiga decoración propia del gótico de comienzos del siglo XV y, en la hornacina, una pintura barroca que representa la Salutación del Arcángel Gabriel, advocación original del hospital. Dentro puede verse un patio cuadrado de gusto mudéjar y  la capilla del establecimiento con una bella bóveda.

De vuelta, debemos dirigirnos a la Colegiata de la Candelaria, una iglesia de proporciones catedralicias. Edificada en líneas góticas, como era tradición eclesiástica en el siglo XVI, muestra una sola nave, crucero de cortas alas y ábside ochavado. Las obras se iniciaron en 1527, pero se alargaron hasta finales del siglo. En 1609, la iglesia fue erigida en Colegial Insigne gracias a las gestiones del tercer Duque de Feria, que mandó construir poco después una nueva sacristía y la sala del Capítulo. La colegiata es una muestra del poder nobiliario: los escudos de la Casa Ducal se repiten no sólo en los muros exteriores, sino también en la sacristía, donde armonizan con un lienzo de escuela italiana y un bello apostolado barroco, o en el coronamiento del Retablo Mayor de escuela sevillana, fabricado entre 1656 y 1683 por Blas de Escobar y José de Arce.


Los otros retablos que guarda la iglesia son todos memoriales funerarios de las familias nobles y burguesas de la ciudad. Sobresale el Retablo de la Virgen de los Remedios, que exhibe nueve lienzos pintados por Francisco de Zurbarán en 1644, para el mercader Alonso de Salas Parra. Interesantes son los retablos funerarios de los mercaderes Juan Ramírez el Viejo y Alonso Sánchez el Viejo, o el de Francisco Mateos Moreno, obra de Blas de Escobar. Bajo la torre de la iglesia, se encuentra la Capilla de la Valvanera, cuyo aparatoso retablo barroco del siglo XVIII fue sufragado por los comerciantes cameranos afincados en Zafra.

En la plazuela del Pilar Redondo, a espaldas de la Colegiata, se encuentra la antigua Casa-palacio de García de Toledo y Figueroa, hermano del tercer Conde de Feria y ayo del malogrado príncipe Carlos, hijo de Felipe II. Construida en el primer cuarto del siglo XVI, aún mantiene sus muros maestros, su portada y un magnífico y amplio patio con columnas de mármol. En 1600 fue ocupada por las monjas franciscanas terciarias de la Cruz de Cristo, que la convirtieron en su convento, pero -desde la Desamortización- el edificio es sede del Ayuntamiento de la ciudad.

Pasado el lugar donde estuvo la Puerta de Los Santos en la muralla, puede el viajero acercarse a la Enfermería del Convento de San Benito, obra de los siglos XVII y XVIII, al fondo de la calle puede verse la Torre de San Francisco único vestigio del convento fundado por los Feria en el siglo XV.

De vuelta, intramuros, por la Calle San José, puede verse el mudéjar Hospital de San Miguel, fundación de la segunda Condesa de Feria en 1480, y el Hospital de San Ildefonso construido en el siglo XVII sobre la casa Ruy López, campeón y tratadista del ajedrez.



Al final de la Calle Tetuán, atravesando el Arco del Cubo, abierto en la muralla a finales del seiscientos, se encuentra el Monasterio dominico de La Encarnación y Mina, conocido como Convento del Rosario. Fue fundado en 1511 por María Manuel de Figueroa, condesa de Medellín, hija del segundo conde de Feria. De interés es la iglesia de tres naves, cubiertas con bóvedas semejantes a las de iglesias norteñas del siglo XVI, y la devota imagen del Cristo del Rosario, obra de finales del mismo siglo.


Extraído de Equipo Rumor. Zafra se muestra. Excmo. Ayuntamiento de Zafra, 2000


viernes, 8 de mayo de 2020

SABORES DE ANTAÑO


  

 
Una rutina que no se traduce en familiaridad, pues deambulamos ajenos a cuanto representan. Sin embargo, una simple mirada a su toponimia sirve para adentrarnos en la urdimbre de su historia.

Las calles de la ciudad constituyen el dédalo por el que discurre buena parte de nuestra existencia.
Dejando a un lado a las que se vieron sometidas a la perniciosa “resemantización” derivada de los avatares políticos, todavía perviven algunas con su denominación original. Una designación que hacía mención a los artesanos asentados en ella, al vecino que había destacado por algún motivo, por tener acomodo en ella un representante del poder, por albergar un edificio singular… Son varios los ejemplos que existen en Zafra, pero en esta ocasión nos ocuparemos de la calle Pasteleros. 

Desde las postrimerías de la Edad Media, Zafra fue cobijando a un mayor número de artesanos de todo tipo. Su presencia no era sino un testimonio más del dinamismo de la villa. Entre estos no podían faltar los dedicados al arte de la repostería. Pasteleros y confiteros daban en sus tiendas cumplida satisfacción a una heterogénea y golosa clientela, que acudía al reclamo de los efluvios procedentes de los frutos y frutas engolfadas en azúcar y aromatizadas, para deleite de su paladar y bienestar del ánimo.

La variedad de productos respondía tanto al buen quehacer del maestro como a su diversa procedencia. No obstante, también los hubo que recalaron impelidos por las circunstancias, como atestigua lo sucedido a Juan González. 

Era este un morisco que se estableció en Zafra como consecuencia de la política de dispersión emprendida por Felipe II a raíz de la sublevación de Las Alpujarras a finales de la década de 1560. Los pocos datos biográficos que de él nos han llegado parecen confirmar que, a diferencia de otros coterráneos, tuvo la fortuna de no sufrir esclavitud. El goce de libertad le permitió ejercer una profesión en la que los de su religión eran expertos. 

Asentado en la calle Pasteleros, su habilidad se decantó por algo menos complejo que la pastelería y la bizcochería: la confitería. Para sus elaboraciones, como señala Covarrubias en su obra, utilizaban primordialmente frutos secos, a los que añadían una cobertura de azúcar. Para nuestro goce se ha conservado un inventario de lo que Juan González elaboró a lo largo de 1585. Así, encontramos que en su confitería se podían adquirir dátiles, tallos de lechuga sin azúcar, calabazate en almíbar, almendras, secas o azucaradas, y peladillas. También confituras surtidas: de cilantro fino, de almendra, rajadillos finos (almendras rajadas y bañadas en azúcar), grageas de anís, melcocha de azúcar (pasta compuesta principalmente de azúcar), canelones (confite largo que tiene dentro una raja larga de canela o acitrón). Sin olvidar  los mazapanes y bizcochos.



No sabemos durante cuánto tiempo nuestro confitero siguió ejerciendo su arte en Zafra. O si la muerte le llegó antes de la oprobiosa expulsión de los de su minoría tres décadas después. Lo que sí es seguro que buena parte de los sabores de aquella época no se han perdido, gracias, entre otros, a las obras de cocineros como Francisco Martínez Montiño o Juan de la Mata. 

Así pues, cada vez que degustamos una de estas chucherías debemos saber que estamos saboreando algo más que azúcar, estamos rememorando gustativamente el pasado.

Tomado de José María Moreno González. "Sabores de antaño". Madreselva, número 2, mayo, 2014

martes, 5 de mayo de 2020

RUTAS PARA REENCONTRARNOS CON NUESTRA CIUDAD (I)

Como ya podemos volver a pasear os animamos a seguir unas rutas, que ya publicamos hace años, pero que ahora pueden servir para reencontrarnos con nuestra ciudad.
 



 
ZAFRA MUDÉJAR
Un paseo por la villa de las tres culturas



Esta propuesta le permite conocer la ciudad tomando como hilo conductor las manifestaciones artísticas mudéjares, en las que perdura la huella de la Zafra medieval, la Çafra de las tres culturas, un escenario de tolerancia en el que convivieron –aunque por poco tiempo- musulmanes, judíos y cristianos.

Del dominio islámico aún restan las ruinas del castillo de El Castellar, una fortaleza que controlaba el valle desde los crestones de la sierra. Fue utilizada como tal hasta el siglo XVI. Su difícil acceso requiere que le dediquemos una mañana o una tarde: las vistas desde el sitio gratificarán el esfuerzo.
Pero nuestro paseo intramuros de Zafra lo iniciamos en la Plaza Chica, la que fuera centro de la villa, el lugar donde se encontraba la casa del concejo y se celebraban los mercados semanales: un espacio rectángular bordeado de soportales, excepto en uno de sus lados menores, donde estaba la Audiencia (actual Palacio de Justicia).

Tras la reconquista de Zafra a mediados del siglo XIII, los alarifes moriscos (albañiles musulmanes que permanecieron en la villa tras la ocupación cristiana) conservaron su estética –el arte mudéjar- en la arquitectura, pero ahora al servicio de los vencedores. Su éxito fue tal que las formas mudéjares (visibles en el uso de la cal y del ladrillo, o en el de ciertos elementos constructivos como alfices o arcos entrelazados, techumbres de madera…) se mantienen en Zafra durante siglos como una faceta más del gusto constructivo popular. Esas características pueden advertirse en la Plaza Chica, donde las arcadas de ladrillo de los portales, enmarcadas por alfices, aúpan las blancas fachadas de las viviendas de la vecindad; y entre las que destaca una que muestra una ornamentación gótico-mudéjar de arquillos ciegos entrecruzados.

Con la Plaza Chica comunica la calle Botica, en la que se encuentra la famosa Casa del Ajimez. Se trata de una vivienda familiar del siglo XV, cuya fachada muestra un ajimez, es decir, una bella ventana mudéjar, partida por una columnilla de mármol sobre la que apean dos arcos angrelados de ladrillo idénticos. Así mismo, es muy interesante el esgrafiado que adorna la fachada, uno de los pocos restos de esta técnica decorativa, que debió abundar en la ciudad y que contrasta con esa idea de pueblo blanco que actualmente le caracteriza. Casi enfrente y en las calles adyacentes pueden verse otras viviendas mudéjares, si bien más sencillas, elevadas en el ocaso del medievo.



Muy cerca, en la Calle de San José, puede verse la que fuese antigua Sinagoga de la villa, tras la expulsión consagrada como iglesia de Santa Catalina de Alejandría, y el siglo XVIII restaurada y dedicada a San José. La vieja sinagoga es probable que se conserve más íntegra de lo que parece. Su sala de amplias proporciones se articula con arcos con una sencilla labor de lazo a la altura de los capiteles. La portada gótica, con semicolumnas torsas, ha perdido la simbología hebraica que debió ostentar en las enjutas. Todo parece obra de la segunda mitad del siglo XV, poco anterior a la expulsión.





Aledaña a la sinagoga se extendía la Judería que ocupaba, entre otras, las actuales calles de San José, Badajoz, Pozo, Alfonso XII: calles que aún conservan un evocador aire de aljama. La judería zafrense fue importante y numerosa, gracias al amparo de los Condes de Feria, para quienes los industriosos judíos de la villa constituían una importante fuente de tributos. De la tutela señorial a la cultura hebraica es ejemplo el patrocinio (en 1419 y aquí, en Zafra) de la primera traducción al castellano de la Guía de Perplejos de Maimónides, la más antigua de cuantas traducciones se hicieran a lenguas vulgares de esta obra fundamental de la espiritualidad judía.


En la judería deben visitarse la diminuta Capilla del Cristo del Pozo, cuyas raíces la tradición popular entronca con la simulación de los conversos, y el Hospital de San Miguel, fundado en 1480 por Constanza Osorio, segunda condesa de Feria. A pesar de su lamentable estado de ruina todavía permite ver su capilla y enfermería mudéjares. En el retablo de dicha capilla estuvo presidido por la famosa tabla del San Miguel Arcángel, obra del Maestro de Zafra que se exhibe como una joya de la pintura hispanoflamenca en el Museo del Prado.

De vuelta a la Plaza Chica, atravesamos el Arquillo de la Esperancita para adentrarnos en la Plaza Grande. Originalmente fue solar de la antigua iglesia de la Candelaria, que ocupaba la parte más ancha del recinto, y por su cementerio. A mediados del siglo XV, el desarrollo mercantil de su entorno propició la construcción de soportales en los bordes del camposanto, para favorecer las transacciones comerciales. Cuando se derriba y traslada la iglesia a su actual ubicación (segunda mitad del siglo XVI), surge como nuevo espacio abierto intramuros. Entre las casas que lo bordean destacan la que fuese casa natal del humanista Pedro de Valencia, de demostrada ascendencia judeoconversa.

Junto a las plazas y al final de una calle sin salida, que recuerda los adarves de las poblaciones musulmanas, aunque no es tal, se encuentra el Hospital de Santiago, que fue casa solariega de los Suárez de Figueroa antes de la construcción del Alcázar. Su portada gótica da paso a un patio de marcado carácter mudéjar, en el que la cal blanquea las geométricas líneas arquitectónicas. Al lado se encuentra el Convento de Santa Catalina, cuya iglesia se cubre con unos interesantes artesonados que constituyen hitos artísticos dentro del mudéjar extremeño.

En la calle Sevilla puede visitarse el Convento de Santa Clara, que posee una iglesia gotico-mudéjar construida en la primera mitad del siglo XV.


Nuestro paseo, puede concluir –o hacer estación- en el Palacio de los Duques de Feria. Su parte más antigua, el alcázar condal, si bien en su regularidad concuerda con las construcciones palaciegas góticas del siglo XV, en cuanto a su decoración responde al gusto mudéjar: visible, al exterior, en las molduras paralelas que lo rematan a la altura del adarve y en la merlatura piramidal y, en el interior, en los alfarjes y techumbres de madera que cubren las principales estancias.

Extraído de Equipo Rumor. Zafra se muestra. Excmo. Ayuntamiento de Zafra, 2000. 








jueves, 30 de abril de 2020

LA FIESTA DE LA CRUZ DE MAYO EN FERIA


Fotografía de Justa Tejada

Poco se puede aportar a lo ya escrito sobre las fiestas de la Cruz de Mayo en Feria. Siempre que me inquieren acerca de esta cuestión, me remito al que fuera insigne cronista de la localidad, el añorado D. José Muñoz Gil, quien con oficio, conocimiento y mucho sentir ha descrito la Fiesta y lo que significa. Ha sido su juglar, su glosador, su historiador. Pocos como él han sabido comprenderla y, por supuesto, alentarla; preservando el rico legado popular e incorporando nuevos elementos como la representación de La Entrega. Un amor y dedicación que supo encauzar el sentir de Feria hasta convertir la celebración en elemento indisociable de su identidad. Basta hablar con cualquier vecino para comprender que vestir las cruces que son portadas en andas en la procesión, las que se instalan en habitaciones bellamente engalanadas o las que permanecen en parvos altares, constituyen la expresión más acabada de su esencia histórica. Pues no otra cosa son las cruces gestadas a lo largo de incontables días y noches en su mayoría por mujeres –sirva de ejemplo Nines Montero−, legatarias y transmisoras del oficio de arropar aquellas. El esfuerzo que realizan es inmenso, sacrificando su tiempo y el de sus seres más queridos. Es tal la autoexigencia y la responsabilidad que adquieren con su idea que el nerviosismo aflora a medida que se aproxima el día señalado. Lo que contrasta con el ambiente faulkneriano que envuelve a la villa. Hasta que llega el día… Entonces, el recelo se trueca en explosión de júbilo cuando las cruces traspasan los umbrales de los improvisados talleres. Por doquier surgen genuinas obras de arte. El colorido de los aderezos florales anonada lo sentidos.


Fotografía de Justa Tejada

Verlas desfilar en la procesión por el intrincado dédalo de calles, ya de por sí inigualable, resulta un espectáculo sobrecogedor. Y embriagador, a causa de la melopea que trasmiten las décimas y las coplas que se entonan. Ambiente de irrealidad que continúa tras girar visita a las viviendas que tienen cruces y altares instalados, para solaz de todos. La plasticidad del conjunto adquiere carácter pictórico a la vez que invita al recogimiento, pues de los pliegues de los tejidos que enmarcan la cruz, objeto precioso que concentra la mirada, penden anhelos y esperanzas. Finalizado el itinerario, y vuelto uno a su ser, comprendo el porqué de los galardones y distinciones de que goza la “Fiesta de la Cruz”. No en vano constituye la expresión más acabada de una devoción a la Cruz cuyo origen se remonta a las postrimerías de la Edad Media con el surgimiento, como en otros muchos lugares, de las cofradías de la Vera Cruz. Esta, denominada simplemente de la Cruz en los siglos modernos, congregó en torno a sí a buena parte del vecindario −algo más de cuatro centenares, de ambos sexos, nos informa un expediente elaborado en la segunda mitad del siglo XVIII−, quienes con mucho esfuerzo conseguían reunir un magro caudal con el que hacer frente a los gastos derivados de la función eclesiástica, sermón y procesión –nada se nos dice acerca de la manufactura de cruces− que celebraban el día de la Invención de la Cruz. Actividad que cesó en los primeros compases del siglo XIX a causa de las disposiciones legislativas, la desamortización de Godoy y, por último, la guerra de la Independencia. Su espíritu retornó en las décadas finales del Ochocientos en forma de asociación de carácter benéfico, Sociedad de la Santa Cruz –posteriormente como hermandad−, en consonancia con la doctrina social de la Iglesia imperante en esos momentos. La labor por ella desplegada vino lastrada, hasta su extinción en la II República, por la compleja situación política. Tras el conflicto civil la Fiesta resurge con inusitados bríos, dando respuesta a lo que los nuevos dirigentes demandan del mundo rural para afrontar la autarquía. A tal fin idealizan lo agrario, convirtiéndolo en esencia del nuevo espíritu nacional, y ensalzan y promueven las representaciones ancestrales. La Iglesia bendice la nueva empresa. El calendario litúrgico y devocional se inserta en el ritmo estacional de las labores agrícolas. Las fiestas adquieren un significado religioso, que es la obligación que tienen los hombres de agradecer la abundante prodigalidad de la naturaleza. La celebración de la Cruz de Mayo de Feria casa bien con ese proyecto. Pues qué es la Cruz sino la inversión del árbol paradisíaco de la vida.

Para ocultar su desnudez, se pergeña un manto floral o de otro tipo. El ingenio se torna maestría y obra el prodigio. A partir de entonces, la Cruz y Feria quedan unidas por la argamasa del tiempo.

Fotografía de Juan Carlos Rubio
Fotografía de Juan Carlos Rubio

Tomado de José Mª Moreno González. “Feria, las Cruces de Mayo”. Madreselva, número 17, mayo-junio, 2016

martes, 28 de abril de 2020

EL BILLAR EN ZAFRA, MÁS QUE UN JUEGO UNA TRADICIÓN

Resulta grato, a la vez que sorprendente, ver en la pantalla de televisión imágenes de partidas de billar, aunque sea la modalidad inglesa conocida como snooker. Nadie diría que un juego, en apariencia, sencillo y un ritual cuidado sea un reclamo atractivo. Pero se equivoca quien piensa así. El juego de billar requiere de una habilidad y un ingenio poco común. Pues ser espectador de una partida con jugadores expertos es presenciar una fascinante dialéctica de geometría mental y visión espacial.

No está claro el origen de este juego, aunque hay estudiosos del tema que lo remontan a la Antigüedad. Lo cierto es que durante la Edad Moderna se hallaba muy extendido en Europa. Que esto era así basta con mencionar que el filósofo escocés David Hume recurrió al billar para explicar su concepto de causalidad. O que el gran pensador alemán Inmanuel Kant obtuviera con su práctica algún dinero con el que subvenir las necesidades diarias.  También fue instrumento de distracción para llenar los momentos de ocio de la corte. Divertimento real que influyó sobremanera en la expansión del billar, pues como era usual en los demás estamentos sociales pronto hicieron suyo el mencionado divertimento real.


Son diversas las variantes que existen de este juego, pero en España la que ha venido predominando sobre las demás es la conocida como billar francés. Probablemente su llegada se remonta a los inicios del siglo XVIII, cuando la dinastía de los Borbones en la persona de Felipe V herede la Corona española. Según las crónicas de la época era habitual que tanto el rey como Isabel de Farnesio, su segunda esposa, entretuvieran sus veladas vespertinas con la “guerra de palos y bolas”. A Zafra, como a otros lugares de la península ibérica, no tardó también en llegar. A las élites locales se sumaron los zafrenses del estado llano, que disfrutaron de este juego en cafés y bares. Para corroborar este aserto tenemos noticias del año 1792, en que se nos informa que un gran aficionado y practicante de billar era Francisco Díaz Colorado, enfermero de Hospital de Santiago. Por cierto, una inclinación que le costó más de un disgusto.

Mientras vivió, también debió ser un apasionado de este pasatiempo el zafrense Antonio Sánchez Ochandiano, pues poseía en su casa «una mesa de villar, con seis tacos, dos bolas de marfil, un rosario de bolas pequeñas de madera para tantear, dos tablas para el uso de apuntar las guerras, una, y la otra, para tantear, e igualmente una percha para destino común…». Enseres que fueron vendidos tras su deceso por Francisca Moreno, su viuda, al también vecino de Zafra Pedro Capitán en 1833. 

Una muestra más del apego al caramboleo la encontramos en un café y billar ubicado en la plaza Grande, propiedad de la sevillana María Amparo Navallas Pérez, que en 1875 lo traspasa al zafrense, originario de la localidad jienense de Puerta, Justo Marín Bono en 1875. En esta ocasión los elementos relacionados con el juego eran: una mesa de billar, veintidós tacos de diferentes formas y clases, dos taqueras medianas −una de ella pintada−, dos tanteadores –uno de caoba−, dos juegos bolas y un entarimado.

Ya en el siglo XX, los aficionados a este juego lo pudieron practicar con mayores posibilidades al proliferar los establecimientos con mesas de billar. El Salón Romero, hasta que un incendio acabó con el edificio. Los billares de Casa Eugenio, en las inmediaciones de la glorieta Comarcal, hasta comienzos de la década de 1970. También fueron lugares propicios, con alguna reserva, el Centro Recreativo Segedano y el Casino. El salón recreativo de la calle Cervantes. Y posteriormente el Hogar del Pensionista y los espacios hosteleros de “Las Tres Rosas”, “Los Billares”, “Ceca” y “Aitor Pool”.

Fue cuestión de tiempo que algunos aficionados se agruparan, lo que acaeció en los primeros compases del nuevo milenio, cuando se constituyó el “Club Billar Zafra”. Aunque su fin primordial es la práctica del billar, también emprendieron una labor pedagógica con jóvenes y niños, a los que, con la colaboración del Ayuntamiento, se les enseñó los rudimentos del juego. Una labor educativa que desgraciadamente solo pervivió dos años al faltar el apoyo económico necesario. El Club ha participado en diversas competiciones y obtenido varios galardones, pues no en vano cuenta entre sus miembros a destacados jugadores como Santi Durán o Andrés Arroyo. Sin embargo, a pesar de sus esfuerzos la agrupación transita por momentos críticos, pues carente de ayudas es probable que asistamos en poco tiempo a la desaparición de algo más que un juego, a una tradición. Por ello, si no queremos que el juego de billar en Zafra se convierta en un simple recuerdo, como ha sucedido con tantas otras cosas, habría que arbitrar una fórmula que ayude a este colectivo. Quizás, para empezar, no estaría de más darse una vuelta por su sede.

Allí nos vemos.

Tomado de Moreno González, José María. "El billar en Zafra, más que un juego una tradición". Madreselva, 22, abril-mayo-junio, 2017.