martes, 24 de marzo de 2020

AJIMEZ. AJIMECES DE ZAFRA




LOS CRONISTAS EN TIEMPOS DEL COVID-19 (I)

 

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EL VOCABLO AJIMEZ

La palabra ajimez, que no aljimez o aljímez como hemos oído, es controvertida en su significado. Si consultamos el Diccionario de la Real Academia Española, veremos que se le hace derivar de la voz árabe aš-šammīs, que puede traducirse por «lo expuesto al sol», y se dan dos acepciones de uso: la primera, y más usual actualmente, designa la «ventana arqueada, dividida en el centro por una columna», y que es la que se emplea para denominar a la casa de la calle Boticas; y la segunda, la original y hoy en desuso, al «saledizo o balcón saliente hecho de madera y con celosías».  


Aunque el uso ha consagrado esta doble significación, y así vienen recogidas en el Diccionario desde la edición de 1817 (justificándose la Academia en que «es voz árabe que se conserva en Córdoba y algunas partes de Andalucía»), no han sido pocas las reacciones de historiadores y estudiosos del arte hispano-musulmán en contra de la primera. Para Gómez Moreno o Torres Balbás resultaba impropio llamar ajimez a una ventana partida por una columna central, pues en la documentación de los siglos XV y XVI los ajimeces eran balcones salientes con celosías de madera, que permitían a las mujeres de la casa ver sin ser vistas. Una costumbre de origen musulmán que se mantendría en la España cristiana durante siglos, enquistándose en los conventos de monjas, y se extendería a Canarias y América, donde todavía son fáciles de ver.


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No será ésta la primera vez que la RAE admita y mantenga una acepción que para los puristas les parece inadecuada. La Academia suele justificarlo en la consagración que el uso generalizado hace de la palabra, a pesar de que su significado original fuese otro. Hace más de doscientos años, entre los escritores y artistas románticos se había extendido el uso de ajimez, pero aplicado a la ventana en arco con columna central. Precisamente Torres Balbás cuenta con ironía que este «supuesto ajimez era un cuadro ideal para las Fátimas, Zoraidas y Aixas, de negros y ardientes ojos, labios bermejos y dientes marfileños». Y así, en los huecos de la ventana geminada, aparecen representadas en los grabados de las centenarias páginas del Semanario Pintoresco Español o de las ediciones de Gaspar y Roig. Y termina tachado a Zorrilla de «poeta de los ajimeces» y a la Alhambra de «su más destacado solar».

Esta imagen la emplea, así mismo, Gustavo Adolfo Bécquer en su leyenda La Rosa de la Pasión, como puede advertirse en el fragmento siguiente: «Sobre la puerta de la casucha del judío, y dentro de un marco de azulejos de vivos colores, se abría un ajimez árabe, resto de las antiguas construcciones de los moros toledanos. Alrededor de las caladas franjas del ajimez, y enredándose por la columnilla de mármol que lo partía en dos huecos iguales, subía desde el interior de la vivienda una de esas plantas trepadoras que se mecen verdes y llenas de savia y lozanía sobre los ennegrecidos muros de los edificios ruinosos». En otros pasajes de la leyenda el escritor parece inclinarse por la segunda y vieja acepción de “saledizo”: «Cuando los vecinos del barrio pasaban por delante de la tienda del judío y veían por casualidad a Sara tras las celosías de su ajimez morisco». Si bien, y aunque es una descripción incoherente con la propia definición de celosía, Bécquer más adelante aclara que se trata de una puerta que cerraba la ventana: «El ruido que produjo ésta al encajarse rechinando sobre sus premiosos goznes impidió al que se alejaba oír el rumor de las celosías sobre el ajimez, que en aquel punto cayeron de golpe, como si la judía acabara de retirarse de su alféizar». O en el párrafo «las celosías del morisco ajimez de Sara no volvieron a abrirse».
 

UN PASEO POR LOS AJIMECES DE ZAFRA
 

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Son dos, pues, las acepciones actuales de la palabra ajimez y, así, con propiedad podemos usarlas. Válganos un recorrido por los ajimeces de Zafra para diferenciar una y otra.
La primera de las acepciones, la más moderna, la que Torres Balbás denomina «falso ajimez romántico», y que designa a aquellas ventanas geminadas por una columnilla, nos sirve para distinguir a las ventanas que pueden verse en fachadas como las de la Casa del Ajimez (lámina 1), la casa frontera (nº 3 de la calle Boticas) o la existente sobre la puerta principal del Alcázar condal (lám. 2). Pero, aquí, vamos a hacer hincapié en otros dos, prácticamente desconocidos, que se conservan en la clausura del convento de Santa Clara. 


El más antiguo, quizá del siglo XIV o de los primeros años del XV, se encuentra en una edificación del patio de la Portería, junto a la huerta conventual (lám. 3). Fue descubierto en el transcurso de unas obras realizadas en los años noventa tras hundirse los tejados de un almacén. El muro destapado en el que se encuentra el ajimez, tenía en medio una puerta, muy destruida, y a cada uno de sus lados un ajimez de ladrillo; el de la derecha, el único bien conservado, evidenciaba su antigüedad y su filiación con el arte mudéjar. Quizá se trate de una edificación de uso doméstico, tal vez fuese la vivienda de alguna de las huertas que Elvira Laso de Mendoza, primera señora de Feria, compró y juntó para hacer la del monasterio.


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El otro se encuentra en el claustro (lám. 4). Descubierto recientemente en el muro oeste muestra arcos tumidos de ladrillo enmarcados por un alfiz, pero ha perdido la columnilla o pilar que lo sostendría. Queda en parte oculto por uno de los arcos ciegos de refuerzo que ayudan a sostener las bóvedas de las pandas claustrales. Debe ser obra de los primeros años del convento y anterior, por tanto, al actual claustro, obra también mudéjar de fines del siglo XV.

La segunda acepción de ajimez, la recogida en la documentación antigua,  designa un tipo de balcón de origen musulmán, generalmente volado o saledizo, cerrado con una celosía de madera o con tableros perforados o recortados. Una obra de carpintería que en algún sitio he leído denominarlo «ajimez de celosía», para diferenciarlo del anterior.
Este tipo, cree Torres Balbás, que llegó a la España musulmana a finales del siglo XIII o ya en el XIV desde Egipto, donde eran conocidos como mašrabiyyāt. Eran cajas voladas, algunas con primorosas labores de talla, que destacaron en las fachadas de El Cairo o Alejandría a partir del siglo XIII. Pronto se extendieron por Al-ándalus, hasta que ciertas disposiciones municipales tras la Reconquista prohibieron su construcción o el derribo de los existentes en algunas ciudades sureñas, porque hacían a las calles, de por sí estrechas, más angostas y oscuras. Otros han desaparecido por la debilidad de la madera frente a las condiciones atmosféricas.


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De este tipo se conserva íntegro en Zafra el existente en el patio de la Portería del Convento de Santa Clara (láms. 5 y 6). Un magnífico ejemplar que, según Pilar Mogollón, es único en Extremadura.  En dicho patio existe una galería de cinco arcos peraltados sobre columnas mármol blanco, que abarca en altura dos plantas del edificio, y guarece el paso entre la puerta reglar y el claustro monástico. Dentro acoge el ajimez, un largo saledizo o balcón de celosía de madera de calado curvilíneo y regusto tradicional, apoyado en largos pares, que cubre los huecos de las celdas de la entreplanta. Este ajimez, obra de finales del siglo XVI, se ha conservado tanto por estar protegido por la galería, como por hallarse en un convento de monjas. Lugares éstos en los que el tiempo parece que se detiene y en los que conviven mujeres recogidas y extrañas al mundo, más aún que las mujeres musulmanas. El ajimez cumplía en ellos la función de hacer invisible a la monja frente a los ojos del mundo y, en este caso concreto, de sus hermanas. 

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Pero, más abundantes fueron los ajimeces colocados en los exteriores de los conventos, y como tales podemos considerar las ventanas con celosías que existen sobre el coro de Santa Clara (lám. 7). Estos ajimeces permitían y permiten a las monjas, ocultas tras el enrejado de listones de madera, observar los cambios de la ciudad o el deambular de los vecinos por el compás monástico o la calle Sevilla. Parecidos existieron en el convento de Santa Marina: en la documentación dispuesta para su fábrica se especifica que debe haber ventanas o «luces ... con sus celosías para que las monjas puedan salir allí y puedan ver sin ser vistas». 

En desuso los ajimeces de celosía, se mantuvo su recuerdo o fueron sustituidos por rejas voladas de hierro, algunas sobre ménsulas y cubiertas con un tejadillo, que llevaban celosías de madera en su interior. Ajimeces de este tipo, aunque hayan perdido los bastidores con el enrejado de madera, son las ventanas altas, protegidas por salientes rejas, de la fachada del convento del Santa Catalina (lám. 8) o las ventanas enrejadas que se ven en la Plaza Grande (lám. 9), en la calle Badajoz (lám. 10), en la casa de Blas de Escobar o en la fachada lateral de la Casa Grande. Como una evolución reciente del ajimez puede considerarse los miradores de hierro y cristal, llamados cierros en Zafra, que comienzan a utilizarse en las fachadas de las casas desde el siglo XIX (lám. 11). En los cierros, las celosías fueron sustituidas por el cristal, pero al ir cubiertos con cortinas o persianas, permitían a los moradores de la casa escudriñar a los transeúntes al amparo de su invisibilidad.


 Información tomada de RUBIO MASA, J.C., "Ajimez. Ajimeces de Zafra". Zafra y su Feria, 2003, s/p.


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lunes, 6 de enero de 2020

FALLECIMIENTO DEL CRONISTA PACO CROCHE







 


Esta mañana ha fallecido D. Francisco Croche de Acuña, el popular y querido Paco Croche, decano de los Cronistas Oficiales de la ciudad de Zafra.
Queremos en este día de Reyes dejar constancia, como cronistas de Zafra, de nuestro reconocimiento por su enorme labor de investigación y divulgación de la historia y del patrimonio de la ciudad.
Descansa en paz, Paco, tu obra queda con nosotros.


lunes, 3 de septiembre de 2018

Capillas y oratorios de Zafra (I): Cristo del Pozo


EL CRISTO DEL POZO


La memoria de la vecindad de la Calle Pozo guarda como una leyenda el origen de su venerado Cristo. La tradición cuenta, y así nos lo han referido algunas vecinas, que la imagen fue hallada en el pozo, que da nombre a la calle, situado a unos cuentos metros de la capilla, por un vecino que fue a sacar agua y que la extrajo enganchada en la escarpia que aún cuelga, como testigo, junto a la imagen.



La calle Pozo. En primer término la casa nº 9 en la que se encuentra la capilla del Cristo.




Más el relato popular no es una leyenda, sino que transmite lo sucedido con bastante fidelidad. Y lo sabemos porque en el archivo de la Colegial Insigne se conserva el acta de su colocación en la humilde capilla que lo acoge. Así, en el Libro de Difuntos, nº 13, que recoge los decesos ocurrido entre 1782 a 1802, podemos leer, como si de una partida funeraria se tratase, que el 24 de septiembre de 1787, yendo un hombre a sacar agua del pozo vio flotando la imagen de un Crucificado. Congregado el vecindario y avisada la clerecía se extrajo de las aguas y, tras informar al obispo de Badajoz, se resolvió que se expusiese a la devoción en una capilla en las inmediaciones del pozo. Por lo que, a costa de los vecinos se fabricó una capillita, en la que fue colocado con toda solemnidad el 25 de noviembre de 1792. La transcripción literal de la anotación es la siguiente:

«Colocación de el Santo Christo del Pozo.
Fábrica 3 reales, capellanes 20 reales.
Ojo. [Al margen].
En la villa de Zafra en veinte y cinco de noviembre de mil setecientos noventa y dos, asistieron los ocho capellanes en la Hermita de San Josef a cantar una misa al Santísimo Christo con la advocación del Pozo, que fue extraído del Pozo de la calle de este nombre en el día veinte y quatro de el mes de septiembre de mil setecientos ochenta y siete, en que pasando a sacar agua de dicho Pozo un vecino de ella reparó que estava sovre las aguas dicha imagen de Su Magestad crucificado, y haviéndola extraído para cuyo efecto combocó diferentes vecinos, y haviéndose dado parte al señor cura mayor el Doctor Don Blas Jerónimo de Torrecilla, canónigo de esta Iglesia Colegial, participó de lo ocurrido al Illmo. señor obispo de este obispado, quien determinó se colocase a Su Magestad en la iglesia o en las inmediaciones del dicho Pozo con la devida decencia, y por los vecinos de dicha calle se dispuso una decente capillita, donde por dichos capellanes se colocó a el Señor y permanece con luz toda la noche a expensas de los vecinos todo lo qual consta por el despacho de su Illma y testimonio de dicha colocación que se pondrá al final de este libro para que siempre conste y en fe de ello lo firmé.
Dr. Dn. Blas Gerónimo de Thorrezilla [rúbrica]»


Embutida en la casa nº 9 de la calle, la capillita es tan breve que apenas supera el metro cuadrado en planta, tan modesta que su puerta parece una accesoria de la vivienda con la que comparte fachada y tan recoleta que pasa desapercibida, muchos zafrenses desconocen su existencia, y es necesario detenerse para comprender que tras su puerta y reja se dispone un espacio sacro.



Portada de la capilla del Cristo del Pozo.





































Cubierta con una bóveda de arista, tiene en su frente un altar de obra y un arco ciego para acoger el retablo y, a la izquierda, un nicho en el que se colocaba la lámpara que lo iluminaba. La portada es de obra pero muestra una molduración clasicista, y se cierra con una puerta con una ventana enrejada para poder contemplar la imagen y el retablo que la acoge.

 
Retablo e imagen del Cristo.




































Si el crucificado es una talla policromada de regusto manierista, fechable a comienzos del siglo XVII, y destinada a la devoción doméstica; el retablo es seguro que es reaprovechado y obra del último tercio del siglo. De pequeñas dimensiones (84 x 70 x 24 cm), lleva, en el comedio, para alojar la imagen una hornacina cruciforme, que se enmarca con pilastrillas con cartelas y remata en un frontón curvo y volutas laterales con cogollos de frutas. Seguramente es un retablo limosnero por las ranuras y huecos que se advierten.

Sin duda, es obra vinculada a la escuela de Blas de Escobar, y bien pudiera ser obra de su discípulo Alonso Rodríguez Lucas, por sus semejanzas con el retablo mayor del convento de Santa Clara.

Detalle del Crucificado.





































En el siglo XIX, se añadió al retablo un zócalo, de madera teñida, que tiene en su parte central una hornacina lobulada para acoger una diminuta imagen de vestir de la Dolorosa, realizada en terracota y alambre.
 

El Cristo del Pozo fue muy venerado y visitado en el pasado. Y se le ofrecían ofrendas de aceite para la lámpara que lo iluminaba día y noche, por lo que un vecino se encargaba de su atizado diario, así como del aseo de la capilla.

Anagrama del Ave María en el centro del dintel de la casa nº 9.




Nunca salió en procesión –que se recuerde–, pero si se llegaron a celebrar veladas y “ramos” en su honor. Fiestas en las que también participaban los vecinos de las calles adyacentes.

La calle Badajoz, perpendicular a la del Pozo, tuvo una Cofradía de la Cruz de larga y cargada historia, pero no sabemos si está o no relacionada con el progreso de esta capilla y devoción.
 

Juan Carlos Rubio Masa
José María Moreno González


Este artículo fue publicado en la revista anual Zafra y su Feria, 2008, pp. 94-96