viernes, 27 de marzo de 2020

EL OBISPO SOTO MANCERA Y EL PATRIMONIO ARTÍSTICO RELIGIOSO DE ZAFRA (Primera parte)

LOS CRONISTAS EN TIEMPOS DEL COVID-19 (II)

1. El obispo Félix Soto Mancera. Fotografía tomada en su despacho hacia 1908-1909






































A finales del siglo XIX,la riqueza artística que atesoraban los distintos establecimientos religiosos existentes en la ciudad, había gozado de mejores épocas, pero que ahora se hallaba a merced de los vaivenes de la fortuna de un estamento religioso en franco declive. Un dejar pasar el tiempo se había acomodado al interior de estos edificios, pero que se vio alterado con la designación del zafrense Félix Soto Mancera como obispo de Badajoz. Este introdujo una serie de reformas que trocaron, para bien o para mal, la tradicional imagen de los interiores de algunos de los templos.


De la cuna al púlpito

La Zafra de comienzos del siglo XX intentaba recuperar, cuando no mantener, el prestigio y la preponderancia que había disfrutado tiempo atrás. No obstante, a pesar del revulsivo que supuso la llegada del ferrocarril, no conseguía salir de la postración, en parte debido a una situación económica precaria que dejaba como principales perjudicados a los obreros y braceros. Por eso, cuando en 1904 se tiene noticias del nombramiento como obispo de Badajoz al zafrense Félix Soto Mancera, se aferran a las mismas como una forma de conjurar la adversidad. ¡Quién iba a imaginar que un miembro perteneciente a las clases populares alcanzaría tal dignidad!

De ese mismo sentir hubieran sido sus padres de haber estado vivos, pues nada más lejos de su pensamiento se hallaba imaginar semejante destino para uno de sus vástagos. Una historia familiar que se inició el 2 de abril de 1834, cuando Cayetano Soto Calderón, hijo de José Soto y Manuela Calderón, y Carmen Mancera, sin ascendientes conocidos en ese momento, contraen matrimonio ante José Castañón, cura de antigua Insigne Colegial .Una unión de la que nació su primer descendiente el 7 de febrero de 1835, al que impusieron el nombre de José Francisco Romualdo Ricardo . Cerca de dos años después, el 3 de enero de 1837, le acompañaría Antero Rafael Francisco; cuya partida bautismal nos permite conocer que en esos momentos la familia moraba, y con seguridad ejercía su oficio de zapatero el progenitor, en la calle Sevilla . Allí también vería la luz por primera vez en octubre de 1838 José Francisco de Paula Sergio; momento en el que por primera se hace mención a un ascendiente materno, en este caso a una abuela, María del Rosario Mancera.

A lo que parece, el matrimonió debió sentir devoción a san Francisco de Paula, ya que vuelve a imponerse al cuarto hijo que nace el 28 de junio de 1841: Francisco de Paula María Rafael León ; hermano por el que el futuro prelado sintió un gran cariño. Lo mismo que el nacido el 29 de mayo de 1843: Teodosio Maximino Francisco de Paula . Resulta igualmente curioso que ejerciese como padrino de ambos, lo mismo que lo había sido de José Francisco y Antero Rafael, Francisco Pujalte, natural de la localidad murciana de Alcantarilla, que en un primer momento fue notario en Zafra  y posteriormente de Almendralejo.

Para entonces el grupo familiar ha cambiado en dos ocasiones de domicilio. En efecto, si en 1841 lo hallamos en el Campo Marín, a partir de 1843 se localiza en la calle Carnecerías . En esta última, denominada también Santa Catalina, vino el sexto descendiente el 3 de marzo de 1845, apellidado Cayetano Emeterio Celedonio . No ocurriría lo mismo con el siguiente hijo, José María, que nació el 12 de enero de 1847 en la casa que habitaban en el Campo Marín . Niño que fue conocido por Benito, el cual transitó por la vida de manera efímera, ya que falleció a comienzos de octubre de 1848 . O como sucediese con el parto del futuro obispo que tuvo lugar el 25 de febrero de 1849, al que impusieron los nombres de Félix Cesáreo Francisco de Paula, que acaeció en la vivienda situada en el número 1 del Campo de Sevilla.

Posiblemente al ser una familia tan numerosa obligaba a buscar moradas más espaciosas, máxime cuando en los años siguientes contó con nuevos miembros. Así, el 3 de marzo de 1851 nació la primera niña, María Josefa Gregoria . El 5 de julio de 1853 fue el alumbramiento de Miguel José María , que fallecería en septiembre del año siguiente a causa de los estragos del cólera . Y por último, el 19 de septiembre de 1855, fue el nacimiento de la segunda fémina, Gregoria Genara Eulogia , que apenas alcanzó los dos años de existencia, al fallecer en los primeros días de agosto de 1857 . Pues bien, todos estos fueron paridos en la casa ubicada en el Campo de Sevilla, número 17.
Con una familia tan numerosa debió resultar dificultoso al matrimonio facilitar los medios para progresar en un futuro alejado del taller paterno. Francisco de Paula constituye un buen ejemplo. Volcado en un primer momento en aprender el oficio de zapatero y ayudar a la familia, sus intereses intelectuales le impelían a ir más allá por medio del estudio. Un deseo que no pudo ver cumplido hasta los dieciocho años , iniciando así una senda que le llevó a alcanzar puestos de realce en el ámbito eclesiástico. Alcanzados estos, no se olvidó de sus hermanos, llevándose a uno con él para procurarle estudios y aligerar las cargas familiares.

Félix, según se recoge en su semblanza biográfica, mostró desde el principio idéntica inclinación que su hermano Francisco de Paula, la que pudo satisfacer gracias a la magnanimidad de un protector del que desconocemos su nombre. Así, tras adquirir los estudios de primaria en Zafra, donde existían diversos maestros dedicados a esta tarea, y no descartando que uno de ellos, Tirso María Carles, que ya impartió clases a su hermano Francisco de Paula, también lo practicara con él, Félix continúa la segunda enseñanza en Sevilla. De la ciudad hispalense pasó al Seminario Conciliar de San Juan de Cuenca, donde obtuvo el grado de bachiller en Sagrada Teología en 1873; mientras que el de licenciado y doctor en dicha disciplina le serían otorgados en 1875 y 1876, respectivamente, en Toledo. En la Universidad Central, entre 1877 y 1881, los grados de licenciado y doctor en Jurisprudencia.

Pero antes, en 1873, fue promovido al sacerdocio por el obispo de Cuenca, Payá y Rico. El cual supo apreciar sus cualidades para la enseñanza, como lo demostró en las clases que en dicha ciudad impartió de Historia Universal, de España, de Ética y Fundamentos Religioso, e Historia y Disciplina Eclesiástica.

En 1875, es destinado a Cádiz, donde despliega una importante labor social y asistencial entre los más necesitados. Siete años después obtiene en dicha ciudad la Canonjía Doctoral. Resarciéndose un tanto de no haber conseguido dicha plaza en la catedral de Badajoz en 1880 . No será el único cargo que ostente, pues también ejerció de fiscal eclesiástico y vicario general, entre otros. Durante el tiempo que desempeñó estos cargos publicó diversas obras y siguió con su labor pedagógica. De especial recuerdo fue su ayuda durante la epidemia de cólera que se extendió por Tarifa y Algeciras en 1886.

En 1900, nuevo cambio de destino. Marcha a Madrid tras ser designado auditor del Supremo Tribunal de la Rota.

Obispo de Badajoz

Con estos antecedentes, junto a la labor social realizada, muy en consonancia con la doctrina de la Iglesia católica del momento, más la amistad de personas que cultiva en Madrid, era cuestión de tiempo que alcanzara un puesto de mayor responsabilidad. Así, el 18 de junio de 1904, fue propuesto por el Gobierno para obispo de Badajoz. Diez días después es hecho público por la Cancillería . Cuando llega a Roma la iniciativa, esta alcanza el beneplácito de su máximo representante, el papa Pío X. Fruto de lo cual fue su preconización el 14 de noviembre de 1904.

El nuevo prelado Soto Mancera [Fig. 1] debió sentir una gran alegría, por más que manifestase encontrarse muy a gusto en la capital del reino y no tener intención de retornar a su tierra natal. Los que no cabían en sí de gozo eran sus paisanos. Y así se lo hacen saber el 13 de enero de 1905, cuando el Ayuntamiento de Zafra le comunica su deseo de apadrinar su consagración, para lo que se ha constituido una Comisión de Vecinos encabezada por Justo Martínez Pardo, alcalde. Su respuesta no se hizo esperar, agradeciendo encantado el ofrecimiento, aunque lamenta que no se pueda realizar el mencionado acto en la antigua Colegial zafrense. Admite con agradecimiento el álbum de firmas que le regalan sus convecinos. En cuanto a la cantidad reunida para un regalo, quiere que se invierta en papel del Estado y lo que genere se destine para erigir una fundación para dotar a doncellas huérfanas pobres.

En medio de tantos reconocimientos su delicada salud se resiente, debiendo guardar cama en los postreros días de enero de 1905 . Afortunadamente la crisis quedó superada al cabo de unos días, por lo que los preparativos que estaba llevando a cabo el Concejo zafrense siguieron adelante. En sesión celebrada el 18 de febrero de 1905, acuerda designar los miembros de la Comisión que asistirán a la consagración del obispo: el alcalde, Eulalio Sainz Fernández, segundo teniente de alcalde, y Agustín Martínez Laguna, concejal. También disponen que el mencionado «día de la consagración haya repique general de campanas, colgar e iluminar los balcones y ventanas de la población haciendo día festivo, Tedeum en la Parroquia a que asistirá el Ayuntamiento en corporación, dar quinientas pesetas en limosna a los pobres de cuenta del Ayuntamiento y celebrar sesión extraordinario en dicho día en honor del Sr. Obispo». Otras decisiones de interés fueron: declararle hijo predilecto, poner su nombre a una calle, colocar una lápida conmemorativa en su casa natal, que su retrato episcopal se coloque en el salón de sesiones, que se redacte y publique un estudio biográfico de su persona, y por último, que en el «Archivo Municipal se guarde un testimonio autorizado de las bulas pontificias, documento gubernamental de presentación para la sede episcopal del Sr. D. Félix Soto Mancera y ejemplares de la primera pastoral que dirija a sus diocesanos».

Su consagración episcopal tuvo lugar el 24 de febrero de 1905, a las nueve de la mañana, en la Iglesia Pontifica de San Miguel de Madrid. Ofició Arístides Rinaldini, nuncio de Su Santidad, ejerciendo como ayudantes Jaime Cardona, obispo de Sión, y Victoriano Guisasola, obispo de Madrid-Alcalá. Fue apadrinado por el Ayuntamiento de Zafra en la figura del alcalde Justo Martínez Pardo, a la sazón presidente de la comisión organizada al efecto . Pocos días después se traslada a Badajoz, donde el 4 de marzo toma posesión del Obispado . Los actos en su honor fueron varios, como el que tuvo lugar en el mes de abril en el Ateneo de Badajoz, que contó con la participación del abogado zafrense Miguel García Vera, quien pronunció una conferencia que llevaba por título “La relación entre el capital y el trabajo”.

Pasados estos primeros momentos de salutación y honores se dispuso a ejercer el ministerio de su cago. Emprende una actividad incesante para conocer los distintos arciprestazgos por medio de visitas pastorales, imprimir carácter a su labor pastoral y corregir los errores . Tampoco olvidó su labor pedagógica, como se colige de la creación de veinte becas para estudiar Latinidad, Filosofía, Sagrada Teología y Derecho Canónico.

Un hecho que alcanzó gran resonancia durante su episcopado fue el privilegio obtenido del papa para coronar a la Virgen de los Remedios de Fregenal de la Sierra, lo que acaecerá en 1906 . Posiblemente, en agradecimiento, las autoridades dicha localidad encargaran un retrato del obispo Soto al pintor local Eugenio Hermoso para colocarlo en la Ermita de los Remedios.

Otra iniciativa suya fue crear un asilo en Badajoz en el que recoger durante el día, alimentar y educar, a los hijos de las madres pobres trabajadoras  –el cual empezará a funcionar en abril de 1909 –. No en vano una de sus mayores preocupaciones era la enseñanza de la Doctrina Cristiana, tal y como queda patente en la circular que sobre la misma publica a comienzos de marzo de 1907 . La participación en la Tercera Asamblea Regional de las Corporaciones Católico-Obreras que tuvo lugar en noviembre de 1907 en Granada, correspondiéndole el discurso de clausura . O el parlamento pronunciado en el verano de 1909 en la Semana Social de Sevilla.

Sorprendente fue su misiva al presidente de la Diputación Provincial, en la que insta la creación de compañías extremeñas para las obras del ferrocarril, evitando caer así en manos de extranjeros los recursos de la provincia.

Sin olvidar el rico patrimonio bibliográfico y numismático que reunió a lo largo de su vida, yendo la mayor parte de las piezas y libros a parar al Seminario de San Atón; el resto de la librería quedó depositada en la Parroquia de la Candelaria.

Sin embargo, sus tareas se veían contrarrestadas por una salud delicada, que le obligaba a tomar reposo y tratamiento cada vez con más frecuencia. Ya en marzo de 1908, estando en Almendralejo celebrando la Visita Pastoral al Arciprestazgo de Mérida, cae enfermo gravemente .Aunque consiguió salir del trance, no superó el episodio que le sobrevino el 31 de enero de 1910, a las siete y media de la mañana, en Badajoz, a consecuencia del cual, tras varios días luchando con la enfermedad, falleció. Las honras fúnebres tuvieron lugar el 4 de febrero.


De visita en Zafra

Acudió a Zafra en diversas ocasiones por motivos diferentes, para solaz de la mayoría del vecindario; aunque hubo otra parte, constituida por republicanos y anticlericales, que se mostró contraria e irónica.

La primera visita tuvo lugar el 1 de mayo , lunes, con una apretada agenda. La población se mostró muy receptiva con los actos, asistiendo en gran número. La llegada del tren a la estación zafrense fue recibida por una gran concurrencia de gentes de Zafra y de otras poblaciones bajo los acordes de la Marcha Real de los Infantes ejecutada por la Filarmónica local. El obispo saluda emocionado, y en coche proporcionado por la viuda condesa de la Corte se allega hasta el comienzo de la calle Sevilla, donde se apea. Iniciando un trayecto a pie bajo arcos con follajes y flores y textos alusivos que engalanaban vía tan principal [Fig. 2]; lo mismo sucedió en la plaza de la Constitución, hasta llegar a la Parroquia, donde entró bajó palio. Las muestras de cariño, como era de esperar, fueron muchas. En el templo pronunció una sentida arenga, la que una vez concluida se trasladó a las Casas Consistoriales para ofrecer una recepción a todos los asistentes amenizada por la banda de música local.

2. La calle Sevilla de Zafra en el recibimiento al obispo Soto en mayo de 1905







































Tras descansar en su casa, por la noche se ofició una función religiosa en el Convento del Rosario. A continuación, en la plaza de la Constitución, cuyos soportales fueron iluminados a la veneciana, hubo verbena popular y se quemaron fuegos artificiales. Actividades que el obispo presenció desde el balcón de la casa del alcalde Justo Martínez Pardo.

Al día siguiente, 2 de mayo, se verificó una velada literaria en el Convento del Rosario, con una actuación del Orfeón Segedano, y una función religiosa en la Candelaria, predicando el sacerdote Manuel Vivas. Como venía siendo habitual se repartieron alimentos a los pobres.

En las jornadas siguientes se dedicó a recibir a las comisiones de los distintos pueblos inmediatos. El día 3 viajó hasta la localidad de Fuente del Arco; el 6 lo practicó a Puebla de Sancho Pérez; y el 7, a Los Santos de Maimona. Asistió y atendió a numerosos pobres en su casa, y el 9 disfrutó de una intensa velada literaria en el Convento del Rosario.

Una de las actividades que atraen especialmente su interés es la referida al homenaje a su hermano Francisco de Paula. Una cuestión que ya propuso en enero de 1905 al Ayuntamiento de Zafra  y que adquirió carta de naturaleza el 19 de mayo, cuando se reúne con el Consistorio al objeto de ver el modo de realizar el acto conmemorativo y al que propuso lo que él consideró conveniente: la colocación de dos retratos con la efigie de su hermano, uno de militar y otro de arcipreste de Santiago de Galicia, en el salón de sesiones en vez de dedicarle una calle; la colocación de una lápida conmemorativa en la casa donde nació; la formación de una comisión encargada de recibir en julio los restos de su hermano y su posterior acompañamiento . Demandas que, como era de esperar,  fueron aceptadas nueve días más tarde.

El 26 de julio, un día antes de su segunda visita, el obispo comunica al Concejo que los restos de su hermano llegarán a la estación de ferrocarril al día siguiente. El Ayuntamiento, no contento con recibirlos en Zafra, se desplaza en comisión hasta Mérida, para así acompañar al obispo en el traslado. Para que una vez en Zafra todo resulte más llamativo, se invita al vecindario para que participe en el traslado de los mencionados restos desde el Convento de Santa Clara a la Candelaria; lo mismo se espera realicen al día siguiente, cuando tenga lugar la inhumación y funeral en el Convento del Rosario, así como en el momento de colocar la placa conmemorativa en la casa número cinco de la calle Alfonso XIII. El obispo, que quiere hacer partícipe a toda la ciudadanía del valor del acto, entrega mil pesetas para que se gaste en alimentos a repartir entre los pobres.  Todos estos actos, así como una biografía del finado, quedaron recogidos en el Boletín del Obispado.

La tercera visita a la ciudad acontece el 2 de mayo de 1906, donde llega procedente de la vecina localidad de Puebla de Sancho Pérez acompañado por diversas autoridades civiles y eclesiásticas, para realizar una Visita Pastoral. El pueblo lo esperaba en el Campo de Sevilla. Desde allí se dirigió a la iglesia del Convento de Santa Clara, en cuya puerta se revistió de pontifical, para en procesión dirigirse a la Parroquia, donde dio comienzo dicha visita. Permaneció el resto del mes en Zafra, realizando diversas visitas a algunos  establecimientos religiosos, fruto de lo cual fueron diversos mandatos para mejorar la vida en común de los mismos e instrucciones para acometer algunas reformas. Esta larga Visita Pastoral dio mucho de sí en lo que respecta a las reformas a acometer en el patrimonio artístico de la iglesia y conventos de Zafra ordenadas por el obispo y es materia de esta comunicación.

Con su marcha de la ciudad, no pudo presidir la primera sesión de la Fundación de Dotes para Doncellas que acaeció el 24 de junio y que él había acrecentado . La primera agraciada fue María de los Dolores Jiménez Pérez, quien renunciaría, recayendo después en Francisca Gutiérrez Pina, a la que se le hizo entrega de 116,50 pesetas.

La cuarta y última estancia en la ciudad fue a comienzos de septiembre de 1906, cuando vino a presidir la inauguración de las casas del Barrio Obrero. Una fundación de los hermanos Fernández para los vecinos más necesitados.


Para ver el artículo original, con sus notas aclaratorias a pie de página, pinche aquí
 

Tomado de MORENO GONZÁLEZ, J.M. y RUBIO MASA, J.C. "El obispo Soto y Mancera y el patrimonio artístico religioso de Zafra". En LORENZANA DE LA PUENTE, F. (Coord.) La Cultura Extremeña entre el Romanticismo y el Modernismo. Actas del II Congreso de la Federación Extremadura Histórica y XVIII Jornadas de Historia de Fuente de Cantos. Badajoz, 2017, pp. 261-282.





martes, 24 de marzo de 2020

AJIMEZ. AJIMECES DE ZAFRA




LOS CRONISTAS EN TIEMPOS DEL COVID-19 (I)

 

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EL VOCABLO AJIMEZ

La palabra ajimez, que no aljimez o aljímez como hemos oído, es controvertida en su significado. Si consultamos el Diccionario de la Real Academia Española, veremos que se le hace derivar de la voz árabe aš-šammīs, que puede traducirse por «lo expuesto al sol», y se dan dos acepciones de uso: la primera, y más usual actualmente, designa la «ventana arqueada, dividida en el centro por una columna», y que es la que se emplea para denominar a la casa de la calle Boticas; y la segunda, la original y hoy en desuso, al «saledizo o balcón saliente hecho de madera y con celosías».  


Aunque el uso ha consagrado esta doble significación, y así vienen recogidas en el Diccionario desde la edición de 1817 (justificándose la Academia en que «es voz árabe que se conserva en Córdoba y algunas partes de Andalucía»), no han sido pocas las reacciones de historiadores y estudiosos del arte hispano-musulmán en contra de la primera. Para Gómez Moreno o Torres Balbás resultaba impropio llamar ajimez a una ventana partida por una columna central, pues en la documentación de los siglos XV y XVI los ajimeces eran balcones salientes con celosías de madera, que permitían a las mujeres de la casa ver sin ser vistas. Una costumbre de origen musulmán que se mantendría en la España cristiana durante siglos, enquistándose en los conventos de monjas, y se extendería a Canarias y América, donde todavía son fáciles de ver.


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No será ésta la primera vez que la RAE admita y mantenga una acepción que para los puristas les parece inadecuada. La Academia suele justificarlo en la consagración que el uso generalizado hace de la palabra, a pesar de que su significado original fuese otro. Hace más de doscientos años, entre los escritores y artistas románticos se había extendido el uso de ajimez, pero aplicado a la ventana en arco con columna central. Precisamente Torres Balbás cuenta con ironía que este «supuesto ajimez era un cuadro ideal para las Fátimas, Zoraidas y Aixas, de negros y ardientes ojos, labios bermejos y dientes marfileños». Y así, en los huecos de la ventana geminada, aparecen representadas en los grabados de las centenarias páginas del Semanario Pintoresco Español o de las ediciones de Gaspar y Roig. Y termina tachado a Zorrilla de «poeta de los ajimeces» y a la Alhambra de «su más destacado solar».

Esta imagen la emplea, así mismo, Gustavo Adolfo Bécquer en su leyenda La Rosa de la Pasión, como puede advertirse en el fragmento siguiente: «Sobre la puerta de la casucha del judío, y dentro de un marco de azulejos de vivos colores, se abría un ajimez árabe, resto de las antiguas construcciones de los moros toledanos. Alrededor de las caladas franjas del ajimez, y enredándose por la columnilla de mármol que lo partía en dos huecos iguales, subía desde el interior de la vivienda una de esas plantas trepadoras que se mecen verdes y llenas de savia y lozanía sobre los ennegrecidos muros de los edificios ruinosos». En otros pasajes de la leyenda el escritor parece inclinarse por la segunda y vieja acepción de “saledizo”: «Cuando los vecinos del barrio pasaban por delante de la tienda del judío y veían por casualidad a Sara tras las celosías de su ajimez morisco». Si bien, y aunque es una descripción incoherente con la propia definición de celosía, Bécquer más adelante aclara que se trata de una puerta que cerraba la ventana: «El ruido que produjo ésta al encajarse rechinando sobre sus premiosos goznes impidió al que se alejaba oír el rumor de las celosías sobre el ajimez, que en aquel punto cayeron de golpe, como si la judía acabara de retirarse de su alféizar». O en el párrafo «las celosías del morisco ajimez de Sara no volvieron a abrirse».
 

UN PASEO POR LOS AJIMECES DE ZAFRA
 

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Son dos, pues, las acepciones actuales de la palabra ajimez y, así, con propiedad podemos usarlas. Válganos un recorrido por los ajimeces de Zafra para diferenciar una y otra.
La primera de las acepciones, la más moderna, la que Torres Balbás denomina «falso ajimez romántico», y que designa a aquellas ventanas geminadas por una columnilla, nos sirve para distinguir a las ventanas que pueden verse en fachadas como las de la Casa del Ajimez (lámina 1), la casa frontera (nº 3 de la calle Boticas) o la existente sobre la puerta principal del Alcázar condal (lám. 2). Pero, aquí, vamos a hacer hincapié en otros dos, prácticamente desconocidos, que se conservan en la clausura del convento de Santa Clara. 


El más antiguo, quizá del siglo XIV o de los primeros años del XV, se encuentra en una edificación del patio de la Portería, junto a la huerta conventual (lám. 3). Fue descubierto en el transcurso de unas obras realizadas en los años noventa tras hundirse los tejados de un almacén. El muro destapado en el que se encuentra el ajimez, tenía en medio una puerta, muy destruida, y a cada uno de sus lados un ajimez de ladrillo; el de la derecha, el único bien conservado, evidenciaba su antigüedad y su filiación con el arte mudéjar. Quizá se trate de una edificación de uso doméstico, tal vez fuese la vivienda de alguna de las huertas que Elvira Laso de Mendoza, primera señora de Feria, compró y juntó para hacer la del monasterio.


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El otro se encuentra en el claustro (lám. 4). Descubierto recientemente en el muro oeste muestra arcos tumidos de ladrillo enmarcados por un alfiz, pero ha perdido la columnilla o pilar que lo sostendría. Queda en parte oculto por uno de los arcos ciegos de refuerzo que ayudan a sostener las bóvedas de las pandas claustrales. Debe ser obra de los primeros años del convento y anterior, por tanto, al actual claustro, obra también mudéjar de fines del siglo XV.

La segunda acepción de ajimez, la recogida en la documentación antigua,  designa un tipo de balcón de origen musulmán, generalmente volado o saledizo, cerrado con una celosía de madera o con tableros perforados o recortados. Una obra de carpintería que en algún sitio he leído denominarlo «ajimez de celosía», para diferenciarlo del anterior.
Este tipo, cree Torres Balbás, que llegó a la España musulmana a finales del siglo XIII o ya en el XIV desde Egipto, donde eran conocidos como mašrabiyyāt. Eran cajas voladas, algunas con primorosas labores de talla, que destacaron en las fachadas de El Cairo o Alejandría a partir del siglo XIII. Pronto se extendieron por Al-ándalus, hasta que ciertas disposiciones municipales tras la Reconquista prohibieron su construcción o el derribo de los existentes en algunas ciudades sureñas, porque hacían a las calles, de por sí estrechas, más angostas y oscuras. Otros han desaparecido por la debilidad de la madera frente a las condiciones atmosféricas.


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De este tipo se conserva íntegro en Zafra el existente en el patio de la Portería del Convento de Santa Clara (láms. 5 y 6). Un magnífico ejemplar que, según Pilar Mogollón, es único en Extremadura.  En dicho patio existe una galería de cinco arcos peraltados sobre columnas mármol blanco, que abarca en altura dos plantas del edificio, y guarece el paso entre la puerta reglar y el claustro monástico. Dentro acoge el ajimez, un largo saledizo o balcón de celosía de madera de calado curvilíneo y regusto tradicional, apoyado en largos pares, que cubre los huecos de las celdas de la entreplanta. Este ajimez, obra de finales del siglo XVI, se ha conservado tanto por estar protegido por la galería, como por hallarse en un convento de monjas. Lugares éstos en los que el tiempo parece que se detiene y en los que conviven mujeres recogidas y extrañas al mundo, más aún que las mujeres musulmanas. El ajimez cumplía en ellos la función de hacer invisible a la monja frente a los ojos del mundo y, en este caso concreto, de sus hermanas. 

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Pero, más abundantes fueron los ajimeces colocados en los exteriores de los conventos, y como tales podemos considerar las ventanas con celosías que existen sobre el coro de Santa Clara (lám. 7). Estos ajimeces permitían y permiten a las monjas, ocultas tras el enrejado de listones de madera, observar los cambios de la ciudad o el deambular de los vecinos por el compás monástico o la calle Sevilla. Parecidos existieron en el convento de Santa Marina: en la documentación dispuesta para su fábrica se especifica que debe haber ventanas o «luces ... con sus celosías para que las monjas puedan salir allí y puedan ver sin ser vistas». 

En desuso los ajimeces de celosía, se mantuvo su recuerdo o fueron sustituidos por rejas voladas de hierro, algunas sobre ménsulas y cubiertas con un tejadillo, que llevaban celosías de madera en su interior. Ajimeces de este tipo, aunque hayan perdido los bastidores con el enrejado de madera, son las ventanas altas, protegidas por salientes rejas, de la fachada del convento del Santa Catalina (lám. 8) o las ventanas enrejadas que se ven en la Plaza Grande (lám. 9), en la calle Badajoz (lám. 10), en la casa de Blas de Escobar o en la fachada lateral de la Casa Grande. Como una evolución reciente del ajimez puede considerarse los miradores de hierro y cristal, llamados cierros en Zafra, que comienzan a utilizarse en las fachadas de las casas desde el siglo XIX (lám. 11). En los cierros, las celosías fueron sustituidas por el cristal, pero al ir cubiertos con cortinas o persianas, permitían a los moradores de la casa escudriñar a los transeúntes al amparo de su invisibilidad.


 Información tomada de RUBIO MASA, J.C., "Ajimez. Ajimeces de Zafra". Zafra y su Feria, 2003, s/p.


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lunes, 6 de enero de 2020

FALLECIMIENTO DEL CRONISTA PACO CROCHE







 


Esta mañana ha fallecido D. Francisco Croche de Acuña, el popular y querido Paco Croche, decano de los Cronistas Oficiales de la ciudad de Zafra.
Queremos en este día de Reyes dejar constancia, como cronistas de Zafra, de nuestro reconocimiento por su enorme labor de investigación y divulgación de la historia y del patrimonio de la ciudad.
Descansa en paz, Paco, tu obra queda con nosotros.